domingo, octubre 29, 2006

Milcíades

Literalúdica
Por Ignacio Ramírez
cronopios@cable.net.co

Milcíades

He aquí la historia de un hombre en apariencia menudo y frágil como un junco, pero perseverante y vigoroso como un roble en la contextura espiritual.
Nació en El cruce de los vientos, que es un lugar que queda en todas partes aunque no existe en los mapas, pues para recorrer sus caminos no hay que partir jamás sino siempre llegar, y -cuando eso suceda- darse cuenta que ser de allí es lo mismo que pertenecer a la sociedad de la imaginación, una secta invisible pero penetrante, cuya característica fundamental es la de no darse por vencido en nada, aún siendo consciente de habitar un mundo que no le corresponde.
Si a usted se lo señalaran en la calle y le pusieran el acertijo de adivinar qué hace, con seguridad que no atinaría, porque posee tan contumaz audacia, que es capaz de semejar a un anónimo vendedor de pólizas, un desempleado caminante, un silencioso pensador con gafas, un observador de pájaros invisibles, cualquier oficio distinto al que en realidad encarna: orillador de trópicos, fabulador de urbes, calmador de la sed de los huyentes, oficiante de la adoración, contemplador y relator de los misterios de las casas del fuego y de la lluvia, y -especialmente- ayudador sutil de hombres y mujeres de palabra.
No vive en una casa sino en una trinchera de papel, que fundó y empezó a construir durante el último cuarto del siglo que ya devoró el nuevo milenio, que va en su sexta rueda de molino de tiempo, noria sin fin, comienzo y acabose sin descanso.
Aunque no está escrito en la puerta, cualquiera que haya recorrido los zaguanes, los patios, las habitaciones y los recovecos de esta mansión de sueños, estará de acuerdo en que existe un letrero donde dice: "esta casa es de todos, aquí no viven ni la envidia, ni el canibalismo, ni la arrogancia, ni el tedio, sólo la poesía y la imaginación".
El día en que puso la primera página en su edificio de versos, aún estaban calientes las huellas de las botas del fantasma del Ché en el Escambray, todavía Bob Dylan cantaba su pacífica jerigonza, Martha Traba consagraba vacas y excomulgaba terneros de las artes plásticas, Gonzaloarango elucubraba manifiestos que levantarían urticaria en la piel del país del sagrado corazón.
Allí, en los laberintos y las moradas de cuartillas abiertas a quien tenga algo que decir, habitan las ideas y los textos de los buenos, los regulares y hasta los malos escritores, quienes nunca antes ni nunca en el futuro, tuvieron ni tendrán tan cálida y hospitalaria estancia para decir su primera palabra, afianzar sus sueños de polígrafos o consolidar sus condiciones de firmes literatos afincados en sus puestos de guerra, que en sus casos son cubículos desde donde se sueña, y en el particular de nuestro personaje, es un Puesto de Combate que funciona tanto para la batalla como para la conquista y la victoria, pero especialmente para el juego infinito de la palabra, esa "manera de decir las cosas".
Se llama Alejandro Pluma pero también se le conoce como Milcíades Arévalo. ¡Da lo mismo! En la matemática literaria, el orden de los factores tampoco altera el producto. Aunque de pronto sí: una vez, hace muchísimos años, en el emocionado afán de una nota periodística, confundí su nombre con el del también poeta Guillermo Bernal. Y se molestaron los dos. Y aunque pedí perdón públicamente, la inofensiva y sobretodo involuntaria ofensa, parecía que jamás iba a ser reparada. Pero hoy, ya todos personajes del siglo pasado, ha atravesado la ciudad en bicicleta y me ha dejado con el vigilante el último Puesto de Combate que como tal proclama desde hace treinta y muchos años largos y que de inmediato acomete en su resurrección, porque los puestos de combaten no se abandonan: se apertrechan, se consienten, se aceptan como una cruz o como una luz, como crucifixión y como cruz y ficción, que la literatura tiene al tiempo su madero con sus Cirineos y sus artífices de sombras y de ensueños. . Luego me llegó por correo su Inventario de invierno, un libro bello por fuera y por dentro. Y luego Cenizas en la ducha, una novela con eslabones cuentos. Y más y más y siempre más pedaleos y más revistas y más libros y más anuncios de retirada y más renacimientos de ave fénix, igual que sucede entre la luna y el sol, que viven pisándose la cola, a una rendija de distancia de la eternidad, amantes del relámpago, Quijotes de la noche, Sanchos Panza del día. Y creo, entonces, que al fin he sido perdonado por la falta que nunca cometí, y tengo también derecho a navegar el meridiano año sexto del nuevo milenio siendo amigo de todos y rindiendo un homenaje de corazón a este señor tímido y huracanado en uno solo, como el céfiro, mensajero y navegante del viento. Milcíades, uno de los pocos seres humanos de los últimos trechos, en Colombia, que conocen en carne propia cómo es de complejo y delirante el mundo de los poetas y de los escritores, eternos aprendices, sempiternos solitarios.

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