domingo, septiembre 10, 2006

Bukowski

La última eyaculación

Al celebrar un año más de la desaparición de Charles Bukowski —“vivo y muerto en olor de porquería”, según epitafio por él mismo sugerido— la literatura ha perdido a uno de sus personajes más vitales, polémicos, combatidos y despreciados de toda su historia. Bebedor perpetuo, lúcido y lúdico, irreverente, sexomaníaco, consecuente con la miseria espiritual de quienes le rodeaban, último espejo literario donde los Estados Unidos pueden mirarse de cuerpo entero, este enorme alemán transplantado a Los Angeles asumió y gozó durante sus intensos 74 años el papel de “dedo en la llaga” de una sociedad timorata y mediocre, disfrazada por la farsa y la moda.
Junto con Henry Miller, quien jamás llegó a su crudeza realista, a su lenguaje tan fétido como efectista, a su admirable desfachatez, Bukowski puso patas arriba todas las absurdas pretensiones de la crítica, se burló de frente y con razón de los grandes figurones de la literatura contemporánea y recordó, entre chiste y chanza, en medio de solemnes borracheras, que “al único escritor que reconozco y admiro es a Dante, porque él, como yo, asumió contar los sufrimientos que nacen de las desgracias personales, contar el infierno que es vivir entre gente hipócrita y cochina, donde no somos más que ciegos que buscan a palos su diminuta felicidad. Y que quede bien claro que yo no escribo para salvar a la humanidad sino para salvarme a mí mismo”.
A pesar del escándalo, la persecución de los moralistas y los pacatos, la descalificación por parte de los críticos de los grandes suplementos norteamericanos, los lectores del mundo entero vieron en sus textos la presencia de un verdadero prestidigitador de la palabra, habilidoso constructor de imágenes, crítico mordaz e intransigente. Cuentista magistral, inspiró a eximios directores de cine como el italiano Marco Ferreri, y el francés Barbet Schroeder, quienes hicieron perdurables versiones de algunas de sus historias.
Oficina Postal, su primera novela (curiosa coincidencia con Miller, quien también escribe su ópera prima en el basurero de los correos), llamó de inmediato la atención de los marginados, quienes fueron siempre el grueso de sus lectores. Luego vendría casi medio centenar de libros —El amor es un perro del infierno, Memorias de un viejo asqueroso, Perros fríos en el patio, Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones y otros cuentos de la locura vulgar, para mencionar algunos—. Poeta o narrador, daba lo mismo “porque de todas maneras lo que me gusta es la calle, y nada más. Soy alcohólico porque el alcohol hace la vida mejor. Y con la vida y el alcohol, el sexo”.
Uno de sus relatos más fantásticos y vertiginosos, cuenta de una bruja que para vengarse de su amante infiel, al tiempo que le hacía el amor, iba reduciéndole de tamaño, hasta dejarlo de la talla de un falo que le servía de vivo consolador. En el orgasmo, en la última eyaculación, se iba la vida, pero el hombre-pene entraba en órbita del universo vaginal por los siglos de los siglos. Suprema venganza. Esa, tal vez, la muerte de Bukowski.
Predios del galimatías
¿Qué es eso de un escritor monetario? Por favor, señores encargados de la corrección de pruebas: explíquenlo a los lectores, porque yo no he sido capaz. En la última edición de Literalúdica acusaron (¿qué otro verbo emplear?) a José Garcés González de ser un autor monetario. Mi columna original hablaba de José Luis y claramente decía que se trataba de un autor monteriano. Y resulta ostensible la diferencia entre “gentilicio de los nacidos en Montería, Córdoba, Departamento colombiano” y “relativo a la moneda o al dinero”, definiciones que he copiado del diccionario para estar seguro de que no ando en las arenas movedizas de la sinonimia (Sí, para los lectores, en las del galimatías). Y si bien es cierto que Lítera y Lúdica son vocablos que incitan al juego y al buen humor, mi perspicacia no da para tanto.
Esas cosas pasan: a Juan Carlos Botero, en La República, le preguntaron cuál era su libro favorito. “Sobre héroes y tumbas”, contestó el autor. Salió publicado “Zorreros y Tumbas”, con lo cual el que quedó como un zorrero fue el pobre Juan Carlos. Iván Cocherín, poeta y personaje popular de Manizales, alguna vez persiguió a Juan Manuel Roca para entregarle un libro con esta dedicatoria: “a mi admirado poeta Juan Manuel Duque”.
Ahora entiendo porqué hay quienes sugieren a ciertas publicaciones que en lugar de un acápite que figure como Fe de erratas, abra uno que se denomine Fe de Ratas. (Tómese como broma, pero hágase realidad).

Buscadores de textos
Aunque el vértigo científico-tecnológico hace todo lo posible por convencer a la humanidad de la inexorable muerte del libro, más hombres y mujeres deciden cada día acometer ese destino largo, solitario, ingrato y complicado de la expresión a través de la palabra. La gente dice que lee, pero no es cierto. Muy fácil hacer la prueba si es usted uno de esos exóticos especímenes que sí devoran y degustan mundos de papel y entabla diálogo desprevenido con los pontífices de coctel, sabedores de títulos, husmeadores de solapas y reseñas. A su primera pregunta sobre el fondo o la forma, el estilo o la atmósfera, se diluirán, volátiles, como vilanos soplados al viento.
La industria editorial crece y engorda sus arcas, pero literariamente se nutre única y exclusivamente de los nombres fulgurantes, las estrellas clásicas, los sobrevivientes del “boom” y los postmodernistas amigos de los teóricos del postmodernismo. Pero la realidad señala que el escritor no tiene quién lo lea. En Colombia la situación es proporcionalmente dramática a la situación del país. ¡Quién lo creyera!, pero a medida que se acrecienta el caos, el núcleo de los nuevos escritores crece. Nadie lo sabe, porque para muchos medios de comunicación la literatura es material desechable o de relleno.
No obstante, en la costa atlántica y en la pacífica, en Nariño, en Antioquia, en el Cauca, en el Tolima, en el Huila, en Risaralda, en todas las regiones del país, hay seres solitarios que persisten en la tarea silenciosa de recrear el universo, el mundo, el microcosmos, en los insondables terrenos de la poesía, el cuento, la novela, el ensayo. Saben ¬¬—casi todos ellos—, que escriben para nadie. Si encontrar un lector es tarea ingrata, pensar en publicar…¡imposible!
La situación llevó, hace ya varios años, a un grupo de lectores optimistas, de aquellos que aman la lectura y luchan contra viento y marea contra quienes no leen y sin embargo tienen la osadía de criticar, a crear “Lectores anónimos, Secta Literaria del Siglo XXI”, cuyo propósito fundamental es el de descubrir y promover autores y textos nacionales de primera calidad. Esos lectores ocultos (que tienen buenos contactos con editores nacionales e internacionales) aún existen y se han convertido en auténticos buscadores de trabajos que pudieran necesitar un empujoncito para convertirse en libros. Su idea es que existen escritores importantes que no cuentan con medios de promoción y menos con lectores capaces de emitir un criterio objetivo acerca de sus obras. Tras el análisis correspondiente, se pondrán en contacto con aquellos autores cuyos textos consideren meritorios o cuya obra en marcha revele talento y vocación literaria. Los lectores anónimos andan con la lámpara de Diógenes. Salga de la duda. Si le responden, les gustó. Si no, tenga la seguridad de que en todo caso fue leído.

Caballero: repita
Espléndido regalo de navidad han dado a todo tipo de lectores, por anticipado, los editores de la revista elmalpensante, un proyecto de "lecturas paradójicas" muy bienpensado para un país tan inconsecuente y delirante, que por eso mismo pide a gritos otras voces, otros temas, otros tonos, otros estilos que en medio de la contradicción y el caos permitan palpar la realidad desde el otro lado del espejo: la ficción, esa existencia cruda que vivimos y que nos negamos a aceptar porque nos da miedo abanderar la idea opuesta a la general o común, única que quizás pueda indicarnos la escalera que baja hasta la puerta de salida de esta torre de Babel.
elmalpensante Nº 1 invitó a un Ruven y a un Rubem cuyas magnitudes artísticas prestigian a cualquier publicación del mundo contemporáneo: el primero, Afanador, hizo una foto de carátula tan impactante y buena, tan nítida y equilibrada, que debían colgarla frente a sus mesas de trabajo los muchos editores de revistas que no salen del lugar común, el desenfoque, los vacíos. Del segundo, Fonseca, Mario Jursich Durán tradujo un Romance negro , que aparte de pieza antológica de la cuentística contemporánea, resulta, como todo lo escrito por el autor de El gran arte, reconciliación con un mundo literario nutrido por el que nos tocó gozar, sufrir, oler y criticar.
Hay 22 páginas de cartas secretas, viscerales y vibrantes, de Andrés Caicedo. Un viaje de ida sin regreso al universo de los libros, de Gabriel Zaid, dos altos poemas de Gonzalo Rojas, textos de Germán Espinosa y Salman Rushdie, Héctor Abad Faciolince y Andrés Hoyos (el Director), Benito Jerónimo Feijóo y H. L. Menken.
Pero lo que a mí más me gustó fue "El padre de mis hijos", un cuento inédito del poderoso Caballero que es Don Antonio, ese señor Calvo, barbado, con cara de bravo aunque dicen —quienes saben— que es su escudo para la timidez; reputado como excelente columnista y cronista, irreverente y claro, erudito y culto, sin pelos en la lengua. Y bien conocido por nosotros, los lectores anónimos, porque hace ya muchos años nos lanzó el anzuelo de Sin remedio, una novela novedosa, grata, rica, semejante a la vida y a los personajes que nos rodean, y pensamos, entonces, que sería la literaria ópera prima de un autor indispensable para oxigenar una narrativa que hasta ese momento se asfixiaba en una atmósfera gris, semejante a la del caos nacional.
Pero no: Don Antonio multiplicó artículos, crónicas y columnas para devotos de periódicos y revistas, pero a los lectores de literatura nos olvidó. Por eso, ahora, con este cuento de elmalpensante , donde desde el primer renglón nos montamos al bus intermunicipal con Luz Angélica y logramos en un insólito itinerario tropical, ver, simultáneamente, la piel triste y sangrienta de este país, y la figura congelada y moribunda de Omar Sharif en El doctor Zhivago, comprendemos cómo es de importante que los verdaderos escritores —aunque sean los más encumbrados periodistas, los más ocupados personajes— no dejen de escribir literatura. Caballero: repita.

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