sábado, septiembre 09, 2006

Antología de cuentos machos

Literalúdica
Por Ignacio Ramírez


Cuentos de machos


Al lado de la inolvidable señora de bien, cuya bella fotografía dio tan refrescante aire a la anterior Literalúdica, 22 señores cuentistas —casi todos conocidos pero sólo algunos reconocidos— integran la antología Nuevo cuento colombiano 1975-1995, seleccionada y prologada por Luz Mary Giraldo, de quien ya contamos cómo ahora se encuentra en la complicadísima labor de hacer lo mismo pero con los cuentos de su congéneres.
En esa tarea la dejamos tranquila y vamos al grano, o sea a los hombres de palabra destacados por ella en su análisis de las dos últimas décadas del cuento en la literatura colombiana, desde El castillo invisible, de Darío Ruiz Gómez, impecable, imaginativo, actual (por igual retumban New Kids On The Block y Juan Gabriel), hasta Molokai, de Mario Mendoza, quien no duda en nutrir su historia a partir de un inédito y fantástico manuscrito casi sesquicentenario, para urdir una audaz metáfora que puede ser dedo en la llaga de la leprosa narrativa finisecular, si nadie nos quita a los lectores lúdicos el sagrado derecho al delirio y la especulación.
Entre el castillo de Darío (antioqueño de 1936) y el aislado leprocomio de Mario (bogotano de 1964), no sólo hay tres décadas de diferencia generacional sino la prueba de cómo ni las temáticas, ni los lenguajes, ni las épocas, ni la crítica, determinan vigencia o caducidad de un cuento: la historia y la palabra, juntas, bien escritas, bien armadas y bien contadas, son lo que a la hora de la verdad nos seduce a los descifradores de signos, que jugamos a ser protagonistas o espectadores de cuanto pasa en los textos.
Y entre ellos, empapelados, otros 20 literatos, cada uno con su cuento al hombro. Y los nombro a todos, aunque resulte muy larga la lista, porque no hacerlo sería tanto como ejercer el detestable canibalismo tan trillado y tan vituperado en este rincón del (el) tiempo. Aquí están, ellos son: Rodrigo Parra Sandoval, Nicolás Suescún, Arturo Alape, Germán Espinosa, Óscar Collazos, Fernando Cruz Kronfly, Francisco Sánchez, Luis Fayad, R.H. Moreno-Durán, Jaime Echeverri, Roberto Burgos Cantor, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Óscar Castro, Julio Olaciregui, Eduardo García Aguilar, Julio Paredes, Evelio José Rosero, Philip Potdevin, Pedro Badrán y Hugo Chaparro Valderrama.
A mí, de todos, el que me parece un señor cuentista con todas las de la ley, es Julio Paredes, quien tiene la virtud de narrar con tanta naturalidad y frescura, sin rebuscar nada, pero sin que falte nada, que al final uno tiene la sensación de que esas historias tan comunes y corrientes, tan cotidianas, tan aparentemente intrascendentes, no se leyeron sino que se vivieron. Ahora, eso no quiere decir que los otros 21 y la otra veintiúnica no sean, casi todos, merecedores de estar en esta antología del Fondo de Cultura Económica de México. No, por ningún motivo; por ejemplo: ¡Cómo no van a ser de antología... Collazos y Erre Ache y Germán Espinosa! Y, ¿Cómo no comerles cuento a Potdevin y a Sánchez y a Aguilera? Lo que sucede, mis queridos y literalúdicos camaradas, es que después de tanto cuento, los lectores ya sabemos porque somos tan contados.

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