domingo, septiembre 10, 2006

La< esquina inmóvil

Al año siguiente

1992, flamante memoria de los 500 años, dio para todo: libros por centenares, películas, ensayos, viajes, polémicas, adjetivos, discursos, despilfarros. Pasada la fiesta, a barrer la basura y a ver qué quedó. Como siempre: nada. 1993 (¿sabía usted?) según la ONU es el Año Internacional de los Pueblos Indígenas, suceso que transcurre sin bombos ni alharacas, como era de suponerse. El correo de los buenos amigos trae, no obstante, gratas encomiendas: Abya-Yala, un libro de Miraguano Ediciones, de Madrid, obra de Pedro Ceinos, atípico español perteneciente a una organización denominada “Amigos de los indios”, cuya razón de ser parece estar acorde con su nombre. Al menos a esa conclusión llegamos luego de recorrer 600 historias de lo que han sido cinco siglos de relaciones “no precisamente pacíficas entre las poblaciones originarias americanas y la victoriosa civilización blanca”.
Para los indios Cuna -que habitan en Panamá, y que nos son, por ello, tan cercanos- Abya-Yala traduce “tierra en plena madurez”. Tras la lectura, no queda duda de que eso era nuestro continente antes del tan mentado encuentro.


La esquina inmóvil
Armando Romero, escritor colombiano radicado en Cincinnati (USA), donde ejerce desde hace una década la cátedra de literatura latinoamericana, ha lanzado en Venezuela su tercer libro de relatos: La esquina del movimiento, título que puede confundir a lectores que -guiados por su sentido rumbero- encuentren al correr de las páginas un universo que poco o nada tiene que ver con la guaracha, el mambo o el guaguancó, menos con Celia Cruz o Daniel Santos y mucho sí, en cambio, con la fiesta interior de alguien que escoge la narrativa para soltar los demonios de una imaginería desbordada, lúcida, singular.
Apenas 80 páginas bastan a Romero para crear un atmósfera de tinieblas y angustias, hábilmente tejidas con hilos de humor corrosivo, permanente, crítico. En medio de un lenguaje denso, lúdico, lugares y circunstancias cotidianas del hombre contemporáneo, transitan imágenes que van desde el realismo elemental hasta el más nebuloso abstraccionismo. Monjes cenobitas urden troneras en las paredes de sus monasterios con tal de copular con sus amantes, sin cuidarse de la presencia de “un Dios esponjoso repleto de misterio hasta los tuétanos”. Pequeños engendros que disfrutan la muerte de las moscas en hirvientes pilas de aceite, escaleras de mano que se convierten en elementos mágicos, espejos que recogen “lo que resta de la realidad del mundo”, son -entre muchas otras presencias- las claves y los símbolos de este libro que se acerca más a la ciencia ficción, al juego esotérico, al laberinto borgesiano, que al jolgorio tropical que sugiere su título. Parece, en cambio, la esquina inmóvil desde la cual un individuo atisba el absurdo del tiempo, el escurridizo concepto del espacio, los duendes y los endriagos que habitan el aire, las rendijas, lo invisible.
Armando Romero, quien 30 años después aún se proclama “orgullosamente nadaísta”, ha publicado ensayos, poemas y relatos en editoriales de Argentina, Estados Unidos, Venezuela y Colombia. De sus títulos más importantes: El demonio y su mano, La casa de los vespertilios, El poeta de vidrio, Los móviles del sueño.



Carmen Sexylia
Carmen Cecilia Suárez se despoja de su Vestido rojo para bailar boleros, se enfunda en su vestido blanco de ojalillo, “el de la buena suerte” y se aventura en la rumba de El séptimo ciclo, con el sello de Arango editores. Son siete relatos breves en los cuales perdura un poco el sexo, bullen la magia, la astrología, la elemental anécdota, al lado de renglones de diarios y noticas de viaje que campean orondas bajo epígrafes de Proust, Eliot, García Lorca, poetas esquimales y hasta la Maga Atlanta.
Eliseo, un personaje que escribe de la misma forma que hace el amor, envía un mensaje que parece guante para que a quien corresponda se lo chante: “No creía en los escritores desarraigados, sin identidad. En los ‘nuevos ricos del conocimiento’ que han aprendido de memoria una cultura extranjera y que hacen alarde de ella, poniendo a sus personajes a hablar mal en inglés, o en latín. Gente mezquina, sin profundidad, cuya arrogancia no es majestuosa, sino vacía, de oropel. Han perdido su voz y su verdad, volteando la espalda a su destino ya que el escritor es el señalado, como los videntes, para interpretar su propia cultura, al establecer contacto con el inconsciente colectivo y expresarlo por medio de la palabra” (18).

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