domingo, septiembre 10, 2006

Don Juan nuestro

Literalúdica
Por Ignacio Ramírez

Don Juan nuestro

Como todo respetable aventurero, a la edad de 17 años ya andaba Don Juan de Castellanos —nacido en Alanís, provincia y arzobispado de Sevilla, España, en 1522— pisando tierra americana, con los ojos bien abiertos y los oídos bien despiertos para que ese mundo exótico descubierto menos de medio siglo antes por Colón, hiciera el tránsito enigmático que del universo va los ojos del perplejo y luego, cuando ese estupefacto observador es también poeta, se convierte en texto sagrado.
La historia y todas las gracias de ese personaje, que también fue soldado, minero, cronista, negociante de perlas, cura, infidente y hereje según la macabra inquisición, es la que nos narra y analiza con tono y resultado magistrales nuestro creciente intelectual William Ospina en Las auroras de sangre, un libro realizado en coedición de la Editorial Norma y el Ministerio de Cultura, que constituye invaluable trabajo de rescate de una de las más notables obras literarias de la lengua castellana y de uno de los personajes más interesantes de cuantos protagonizaron esa epopeya desorbitada y cruenta que fue la conquista de América.
Ospina, quien en menos de una década ha fortalecido su obra de ensayista y poeta, consolida aquí el periplo que lo ubica con pies firmes a las puertas del nuevo milenio, que pide a gritos escritores serios, ultramacondianos y con una óptica del tiempo que no se rija por la moda ni se resbale en la farándula, como sucede con la mayoría de las lumbreras literarias criollas de estos tiempos de reconquista de lo pasajero.
William es riguroso y sensato en estas 450 apasionantes páginas, escritas después de navegar no sólo la vida y la obra enteras de quien legara a la historia y a la poesía sus Elegías de varones ilustres de Indias, sino toda la bibliografía posible en un reto de semejante tamaño. Por eso, Juan de Castellanos y el descubrimiento de América, es fundamentalmente la narración de la conquista mayor: la del bautismo de América con el nuevo lenguaje que denominó río al río, montaña a la montaña, traición a la traición, aurora a la aurora y sangre a la sangre. Y todo lo mágico y lo turbulento que de allí se desprende.
Este libro es de todo, al tiempo: novela, ensayo, biografía, poema. Al comienzo (mejor, antes del comienzo) nos captura con los antecedentes de la historia y nos comprueba cómo sólo la poesía es capaz de contarla con la luz, la atmósfera y el tono que ella necesita. Después nos metemos en la piel de este Don Juan (el nuestro), quien se volvió americano por obra y gracia del mestizaje inevitable entre la tierra y la palabra y quien además, a través de sus elegías audaces y asombrosas, nos permite leer de manera distinta a como nos lo han contado, el continente. Luego el autor reflexiona y nos insta a lo mismo, para estar de acuerdo en la justicia de reconocer a Don Juan de Castellanos como todo un poeta y a su obra como una obra de arte, que es a la vez documento de enorme valor para la búsqueda del fantasma de nuestras señas de identidad.
El libro es bueno para todo aquel que quiera sumergirse en dos clases de aventuras bien distintas y distantes y sin embargo unidas, semejantes y cercanas, gracias a la taumaturgia de la poesía: la primera, esa odisea de los conquistadores, los guerreros, los despavoridos, los voraces, los delirantes, los enloquecidos por el hallazgo de un tesoro inmensamente superior a las arcas. La segunda, la hazaña de la palabra, capaz de hacer visible lo invisible (“La tierra cubren venenosos tiros/ Y golpes causadores de suspiros”).

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